Enfoque económico del desarrollo

La pregunta básica que se hacen los economistas desde el siglo XVII es ¿Por qué algunas sociedades generan tremendas riquezas y prosperidad, mientras otros insisten en la pobreza? (Adam Smith). La respuesta a dicha pregunta se explica por factores diversos, dado que incluye tanto cuestiones objetivas que van desde los recursos con que cuentan (naturales, financieros, etc) hasta la composición demográfica del país, como elementos subjetivos cuál es el caso de la cultura, el modelo educativo o los valores dominantes. En cualquier caso si es posible afirmar que si hay espíritu de empresa entonces la prosperidad económica es más probable. Así, en muchas ocasiones, si se quiere saber si una comunidad es apta para la creación de riqueza, hay que buscar las historias que se cuentan, los mitos en que se creen, los héroes que admiran y las metáforas que utilizan. El desarrollo desde esta perspectiva es, desde sus entrañas, un proceso cultural.

Acudiendo nuevamente a los grandes teóricos de la economía, es necesaria una inevitable referencia a los modelos de innovación de Schumpeter y de Peter Drucker. Y es que en la búsqueda de orientaciones capaces de permitir un mejor aprovechamiento de las oportunidades abiertas por el nuevo contexto de globalización, revolución tecnológica y liberalización o desregulación de mercados, la innovación se ha convertido en una referencia obligada como respuesta necesaria a los retos del presente. En este sentido nos encontramos, entre otros factores, nuevamente a la cultura y la tradición histórica como una de las respuestas al distinto grado de potencial innovador que presentan distintos territorios.

Intervenir en la escuela y en los institutos a través de programas que, no sólo abordan la creación de empresas, sino que tratan de transmitir que esta creación se planee desde una óptica de innovación, dan como resultado nuevas aproximaciones a ese modelo de territorio innovador necesario para la existencia y sostenibilidad del modelo de desarrollo.

Otro elemento que es necesario transmitir desde los niveles más tempranos, es el referente a la cultura de la cooperación, que puede estar basada muchas veces en finalidades distintas a la estrictamente económica o empresarial (cooperación cultural, política, deportiva, ocio, etc). Y es que nadie discute ya que en el funcionamiento de las redes de cooperación, y en su corolario que no es sino la dotación de mayores niveles de capital social, está el fundamento de la competitividad de muchos territorios, dado que se constituyen en motores del cambio económico, de modo que la acumulación e integración de recursos y conocimientos aportados por unos y otros provocará efectos sinérgicos para el conjunto, superiores a la simple suma de sus componentes. Al mismo tiempo, la posibilidad de compartir riesgos y costes eliminará alguno de los frenos habituales para emprender un esfuerzo innovador en la pequeña empresa, como son la falta de capital o la incertidumbre y el riesgo de todo cambio.

En definitiva, la conformación del perfil personal, del bagaje cultural y del cúmulo de experiencias vividas por los niños, niñas y jóvenes del presente, tendrán, sin lugar a dudas, consecuencias favorables en algunas de las variables que más inciden en los procesos de desarrollo social y económico. Abstenerse de intervenir en el momento presente, en el lugar más adecuado para ello que es el centro escolar, significa tanto como permitir que los impactos que reciben de otras fuentes de creación de perfiles, de cultura y de experiencias, o de ideas, actitudes y valores como gustan decir los que se acercan al fenómeno desde el marketing social, sean los que moldeen la personalidad de los que serán la materia prima básica que nuestra sociedad posee para sostener sus niveles de desarrollo humano e incluso hacerlos crecer. Estamos, por tanto, tratando de actuar sobre uno de los rasgos que definen la cultura de los pueblos, la cultura emprendedora, que sería socialmente un catalizador que permitiría que pueblos y territorios reaccionen ante los estímulos que persiguen el cambio social y económico y, por tanto, el desarrollo humano. Estamos, además, actuando sobre el capital humano en formación, el recurso más importante con que nuestra sociedad deberá contar en un horizonte de cinco o diez años para su desenvolvimiento. Trabajamos por tanto con un horizonte de largo plazo, con la necesaria visión estratégica que todos echamos en falta en nuestros días. Todos, enseñantes e instituciones de desarrollo, y la sociedad en general tiene un compromiso consigo mismo en el momento presente, pero también, y de manera muy especial, con nuestro futuro. Profundizar en este camino que persigue dotarnos de una cultura emprendedora es facilitar los esfuerzos que en el futuro se hagan para sostenernos o para progresar.

A lo dicho desde una perspectiva teórica, y a modo de conclusión, pueden aportarse unos datos provenientes del Globar Entrepeneurial Monitor (Observatorio Mundial de la Emprendeduría), en su informe ejecutivo de 2005 para Canarias. Cuantifica el estudio como dato básico la Tasa de Emprendiduría (TEA) de Canarias para el año 2005 en el 5,83%, lo que significa que casi seis personas adultas entre 18 y 64 años están implicadas en la puesta en marcha o en la consolidación de un proyecto empresarial. Si analizamos la composición de ese dato por la procedencia de quienes emprenden, nos encontramos con el dato de que los de origen exterior, es decir, resto de España, Europa y resto del mundo, dan una cifra de TEA del 20%. Esa alta disparidad en las tasas de emprendiduría que se produce entre los canarios de origen y los residentes en canarias con origen en el exterior sugiere varias cosas, una de las cuales es que efectivamente podemos estar ante un fenómeno cultural y que existen culturas más emprendedoras que otras. En nuestra mano está elevar este rasgo cultural en nuestra comunidad, este es, y no otro, el objetivo del proyecto “La Escuela Rural Emprede”.